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El asesinato de Don Domingo Choc y el racismo en Guatemala

POR SANTIAGO BASTOS AMIGO

Lee el original en Debates Indígenas.

El racismo por sí solo no alcanza para explicar el linchamiento del guía espiritual y es necesario comprender el fanatismo religioso de las iglesias pentecostales que atraviesa a Guatemala y a América Latina en un contexto de pobreza y violencia. El odio a los otros, la impunidad y la defensa del privilegio se entrecruzan en este crimen intracomunitario ocurrido al sur de Petén, una región marcada por la pobreza, la degradación ecológica, la precarización laboral, el crimen organizado y la normalización de la violencia.

Dentro de la “normalidad” en la que vivimos desde hace meses por la pandemia de Covid-19, el 6 de junio, Guatemala despertó conmocionada por las imágenes de Don Domingo Choc siendo quemado vivo por gente de su comunidad, que lo acusaba de practicar brujería contra un familiar. La sorpresa y la rabia provocadas por la noticia dieron lugar a una multitud de expresiones de rechazo, tanto por su condición de guía espiritual y aj ilonel (especialista en sanación a través plantas), como por la influencia evangélica en el linchamiento.

Por ello, los análisis remarcaban el carácter racista del acto y el fanatismo religioso como elemento provocador. Sin embargo, las cosas no están tan claras para todo el mundo. Quienes lincharon a Don Domingo Choc fueron paisanos suyos, q’echi’s de su misma comunidad. Por esta razón hay gente que niega la posibilidad de hablar de racismo y prefieren hablar solamente del fundamentalismo religioso.

Racismo, fanatismo religioso, mensajes de odio e impunidad

Estamos entonces ante un hecho complejo que obliga a avanzar en el entendimiento del difícil papel que juega el racismo en una sociedad como la guatemalteca. Las versiones simplistas y maniqueas de los mayas como víctimas y de los ladinos como victimarios quedan desbordadas por situaciones como el asesinato de Don Domingo. Ante este hecho, hemos de pensar el racismo como algo que está inserto en las formas de ser y sentir de toda la sociedad, incluidos quienes lo sufren. Por ello, necesitamos un aparato conceptual que permita elaboraciones tan complejas como los fenómenos a los que nos enfrentamos.

Un paso importante en esa dirección consiste en el componente ideológico del racismo, manifestado en el desprecio hacia la cultura maya que supone el utilizar el concepto de “brujo” para referirse a Don Domingo. El arqueólogo y antropólogo Diego Vásquez Monterroso plantea: “Denominar «brujería» a toda práctica de la espiritualidad maya (aunque dentro de ella exista el hacer daño, por ejemplo) denota de entrada el desprecio a lo diferente, en este caso religioso-espiritual, opuesto a lo cristiano”. En otro texto, Vásquez Monterroso escribe: “La muerte de tat Domingo fue, y será, un crimen racista, un crimen de odio y de intolerancia a la diferencia. Y sí: una persona maya puede ser racista al asumir esa doctrina dominante, pero no puede ser racista utilizando su cultura -la maya- como mecanismo de opresión”.

Los textos escritos sobre este caso avanzan en esta dirección. Por su conformación histórica, el racismo es un elemento fundamental para entender cualquier dinámica y cualquier fenómeno social en Guatemala. Pero, al mismo tiempo, el racismo por sí solo no es suficiente para explicar la mayoría de estos fenómenos: es necesario ir más allá y explicar por qué actúa como lo hace. No es suficiente con declarar como racista un hecho si no intentamos comprender cómo actúa esta dimensión perversa de nuestra sociedad.

El mundo Q'eqchí'. Foto: AEPDI - Defensoría Q'eqchi

El contexto del racismo: pobreza, crimen organizado y divisiones comunitarias

¿Cuáles son las dimensiones que nos ayudan a explicar el linchamiento de Don Domingo? Como se ha dicho, muchos de los análisis y manifiestos apuntan al fanatismo religioso como el hecho directo que motivó el crimen. La pertenencia evangélica de los perpetradores explicaría tanto el desprecio hacia la práctica de la cosmovisión maya como la violencia desatada. Pero no es suficiente, necesitamos comprender por qué y en qué circunstancias ese credo neopentecostal (que desde luego es intolerante y autoritario) se convirtió en un vehículo de muerte; en qué momento se pasó de la creencia al fanatismo y, de ahí a la violencia legitimada y practicada colectivamente.

Para ello puede ayudar situarnos en el escenario de los hechos. Como nos recuerda Sergio Palencia, el sur de Petén es una zona con graves problemas económicos: “Una región de creciente degradación ecológica, migración laboral y pobreza local. La expansión de las grandes fincas asfixia las parcelas de familias campesinas”. Hay presencia de crimen organizado que silencia las críticas a la destrucción de la ecología, mientras que las bandas armadas mantienen la disciplina de los jornaleros que trabajan en la ganadería y las plantaciones de palma africana.

Esto nos remite a un elemento del crimen que apenas ha sido mencionado: fue un linchamiento. En este marco, toman sentido las palabras de Máximo Ba’ Tiul: “Nuestras comunidades han llegado a situaciones límites. No les importa matar con tal de ver al otro destruido. Reírse por el sufrimiento y la muerte de los otros. En dónde lo aprendieron y cómo se está volviendo poco a poco una norma”. La combinación de pobreza y presencia de cuerpos armados pueden ayudar a explicar la normalización de la violencia intracomunitraria ante las consecuencias del abandono estatal y la depredación económica.

Los trabajos de Prensa Comunitaria aportan más elementos para comprender este asesinato. Además de Aj Ilonel, Don Domingo había sido promotor de salud mental de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala (ODHAG) y era un líder social preocupado por la desaparición de los bosques y la extinción de las plantas que él recuperaba a través de sus conocimientos. Es decir, trabajaba por un mejoramiento de las condiciones de vida y del entorno desde los derechos humanos y la recuperación del ser maya. Por el contrario, en su artículo “¿Cuál fue la causa del crimen contra Domingo Choc Che Aj Ilonel?”, los periodistas Quimy De León, Carlos Ernesto Choc y Rubén Darío Melgar señalan: “Algunos de las personas que lo asesinaron son ‘creyentes’ y asisten a iglesias evangélicas, además tienen poder económico a nivel local, ya que se dedican al comercio de maíz y tienen camiones”.

Existe una brecha al interior de las comunidades que viene desde antes del conflicto armado y se renovó en términos religiosos y en el posicionamiento ante los derechos humanos, el Estado, el ejército, las empresas extractivas y el narcotráfico. Podemos plantear la hipótesis de que estamos ante un acto relacionado con conflictos comunitarios más o menos abiertos: la familia de Don Domingo y la familia de los transportistas pertenecían a sectores diferentes, con cierto grado de enfrentamiento o tensión entre ellas.

El miedo, el privilegio y la impunidad

Finalmente existe un elemento más que nos puede ayudar a entender la forma en que se conjugaron el racismo estructural y el fanatismo para este linchamiento: tanto la muerte de Don Domingo en Guatemala como la de George Floyd en Estados Unidos nos remiten a la necropolítica propia en este capitalismo gore, como lo llama Sayak Valencia. Para mantener los grados de injusticia y deshumanización cada vez mayores, es necesario todo un aparato represor que supera al Estado, y que va desde la muerte y persecución a quienes se oponen a los avances del capital –como los defensores del territorio- hasta el asesinato y la desaparición de miles de jóvenes y de mujeres por el crimen organizado y las fuerzas de seguridad.

El policía asesino de Mineápolis actuaba dentro de una lógica institucional de terror y muerte. Pero también como una persona individual que, como los linchadores de Don Domingo, se dejó llevar por el odio y la impunidad. Sergio Palencia plantea: “La pandemia ha puesto a temblar toda una noción de certidumbres (de género, de raza, de religión). La sectarización y fundamentalismo son expresiones ante la crisis actual, concebida como amenaza subyacente, expresadas como odio hacia el otro, ante lo peligroso”.

Ante la falta de certezas propias de esta época, han aumentado los fanatismos autoritarios que desdeñan la razón, la igualdad y los derechos, y tienen como base el odio a un “otro” al que hay que mantener en la inferioridad para que los privilegios otorguen certezas. Los votantes de Donald Trump, Jair Bolsonaro, Boris Johnson y Alejandro Giammattei son subalternos que necesitan creerse privilegiados. “Pobres, pero no indios”, según el viejo dicho guatemalteco.

Esto ocurre en un contexto en que no se penalizan los crímenes de odio y toma fuerza un viejo conocido de este país: la impunidad. La muerte de Don Domingo no es, en absoluto, un hecho aislado. Dos días después apareció muerto Alberto Cucul Choc, q’eqchi’ y guardarecursos de la Laguna de Lachuá; a los días conocimos la amenaza de quemarle la vivienda a una familia por practicar la espiritualidad maya, y la cantante kaqchikel Sara Curruchich daba a conocer una amenaza recibida en Facebook: “Ojalá te pudiera tener enfrente para poderte dar un plomazo en la cabeza, lo único que estás haciendo es dividir al país, lo que tenés que hacer es hacer sho (sic) o yo me voy a encargar de hacerlo”. No se trata solo de la crueldad y el desprecio del mensaje, sino del hálito de impunidad que desprende, del que sabe que no le va a ocurrir nada por este acto criminal de intimidación.

El mundo Q'eqchí'. Foto: AEPDI - Defensoría Q'eqchi

El racismo en nuestros tiempos

En definitiva, con lo planteado hasta ahora quisiera desarrollar una versión preliminar un poco más compleja respecto al asesinato de Don Domingo. Estaríamos hablando de un crimen de odio intracomunitario que se dio por fanatismo religioso y fue posible por el racismo internalizado de quienes lo practican, que no solo consideran la espiritualidad maya como algo inferior, sino que comprenden la vida de los mismos mayas como algo prescindible. Esto es fruto del peso de la dominación étnico-racial en la historia de Guatemala, en tiempos de precariedad, incertidumbre, odio e impunidad.

Desafortunadamente, se está reforzando el carácter antagónico y violento de quienes defienden sus privilegios, reales o imaginados, por lo que podemos esperar un aumento en las violencias de quienes practican estas formas irracionales de política. En países como Guatemala, el odio y la violencia están cruzadas por la etnia y la raza (como todo en el país) y tomarán forma de agresiones racistas y otras prácticas racializadas que adopta el privilegio.

Santiago Bastos Amigo integra el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) y Prensa Comunitaria/ El Colibrí Zurdo.

 

Etiquetas: Noticias

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